Cómo eficientizamos nuestra práctica con inteligencia artificial
SANTIAGO BRUSCO
En BRAB nos gusta la innovación y decidimos usar IA. Queríamos y queremos ser más eficientes, equivocarnos menos, aportar más valor a nuestros clientes, cuidarlos mejor. Después de muchos meses de experimentar, creemos que encontramos una solución que combina el criterio, la experiencia y el juicio humanos con la rapidez, la minuciosidad y la eficiencia de la IA.
La inteligencia artificial generativa (“IA”) es la innovación tecnológica más importante de los últimos cincuenta años, y está revolucionando la forma en que los seres humanos interactuamos, trabajamos y pensamos. Con cada vez mayor frecuencia vemos que se usa en el descubrimiento de medicamentos, la predicción de convulsiones, el análisis de flujos, la optimización de señales urbanas, la producción eléctrica, los mercados financieros y un sinfín de actividades, industrias y sectores. Por supuesto, la práctica jurídica no es ajena a esa revolución.
Existen distintas corrientes sobre cómo usar la IA en los servicios jurídicos. Algunos, más atrevidos, proponen que funja como juez. Otros, más cautos, sostienen que la IA y el derecho no son complementarios y deben mantenerse alejados uno del otro. Lo innegable es que la IA vino para quedarse, y que sin un uso supervisado y adecuado los modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés) cometen una cantidad de errores de criterio y contextuales que son peligrosos e incompatibles con la práctica jurídica.
De hecho, esa objeción (“la IA se equivoca”) es la más común entre abogados, y también la más cierta. La IA se equivoca y, para peor, tampoco duda de sí. Está convencida de que está en lo correcto, salvo que se le señale el error, y allí, a veces, corrige. Por eso un modelo de lenguaje usado out of the box, sin supervisión adecuada, no sirve para lo legal. Un abogado o un cliente que use un LLM para temas de índole jurídica de esa manera está siendo negligente. De hecho, nos ha pasado: clientes que consultaron cierto tema con algún LLM y este les dio el peor consejo imaginable, uno que ni al peor abogado del mundo se le hubiera ocurrido.
Pero en BRAB nos gusta la innovación y decidimos usar IA. Queríamos y queremos ser más eficientes, equivocarnos menos, aportar más valor a nuestros clientes, cuidarlos mejor. Después de muchos meses de experimentar, creemos que encontramos una solución que combina el criterio, la experiencia y el juicio humanos con la rapidez, la minuciosidad y la eficiencia de la IA.
¿Cómo?
Partimos de aceptar que un LLM es un gran generalista y un gran velocista, pero que carece de cosas indispensables para el ejercicio jurídico: criterio y experiencia, calma, certeza, control de calidad y algunas otras. Entonces, nos volcamos a darle esas cosas.
Lo primero fue mapear nuestros procesos y criterios. Identificamos qué cosas recurrentes, como ciertos documentos, ciertos análisis o ciertos errores comunes en las versiones de las contrapartes, eran susceptibles de sistematizarse, y cuáles no. No todo lo es, y decidir dónde sí y dónde no es, en sí mismo, un ejercicio de criterio.
Enseguida, por cada una de esas situaciones (que resultaron ser casi incontables, y cada día encontramos nuevas) volcamos nuestro criterio. Expresamos lo que antes era un conocimiento implícito, tácito: qué revisar, cómo revisarlo, qué es preocupante en una situación pero no en otra, qué es subjetivo y qué es objetivo. Le dimos formas, le dimos estilo, le dimos método. Volcamos nuestra mente, o parte de ella, a un archivo. Pusimos por escrito lo que ni siquiera estaba verbalizado.
Después, anclamos ese criterio en la norma. Lo vinculamos a las leyes, los reglamentos, la jurisprudencia y las demás normas aplicables, de modo que el resultado se apoye en el derecho vigente y no en lo que el modelo “supone”, “recuerda” o “sabe”. Con ello neutralizamos el riesgo de alucinación: el modelo ya no cita de memoria, sino contra la fuente.
Finalmente, implementamos procesos secuenciales de trabajo entre la IA y los abogados. Si la IA revisa un contrato, un humano revisa su trabajo, lo corrige y se lo devuelve a la IA; si un humano revisa el mismo contrato, la IA revisa su trabajo, lo corrige y se lo devuelve al humano. Ningún producto llega al cliente sin pasar por el juicio de una persona, y casi ninguno llega sin pasar por el juicio de la IA. El resultado no es un asistente genérico, sino una extensión codificada del criterio de BRAB, disciplinada por la ley y supervisada por nosotros. BRAB tiene su BRAB, digamos.
Este método, que empezó como un experimento interno, se está convirtiendo poco a poco en la forma en que prestamos nuestros servicios. Nos ha permitido detectar mejor los riesgos, unificar criterios, profundizar los análisis, ser más rápidos y cometer menos errores. La reducción de los errores de dedo ha sido drástica, los tiempos de entrega se han acortado de manera significativa y los criterios dispares prácticamente desaparecieron.
¿Qué ofrecemos a nuestros clientes?
La primera son servicios jurídicos potenciados por IA: el mismo trabajo que nuestros clientes ya esperan de nuestro despacho, entregado con mayor rapidez, mayor minuciosidad y una cobertura de riesgos más amplia, con el mismo cuidado profesional de siempre.
La segunda es la implementación de este sistema en empresas. Construimos, para cada empresa, lo que construimos para nosotros, adaptado a sus procesos, sus criterios (además de los nuestros), sus riesgos y sus mercados.
En BRAB decidimos que la dicotomía entre cautela e innovación es falsa. Ambas cosas pueden ser ciertas a la vez: se puede ser cauto e innovar, se puede usar la tecnología sin sacrificar el criterio. Creemos que el criterio humano es, precisamente, lo que vuelve confiable a la IA, y llevamos meses construyendo, probando y refinando la forma de demostrarlo. Si quiere ver qué significa esto para su empresa o para sus asuntos, no dude en buscarnos.
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